Tun-tún, tun-tún, tun-tún…

Don Rafael

¿Qué sonido es ese? Parece un latido. ¿Estoy sintiendo mi corazón? ¿Estarán llamando a la puerta? ¡Qué manía tiene el vecino con ponerse ha trabajar a las tantas de la madrugada! ¡Que la gente quiere dormir! ¿Estoy durmiendo? Si estoy durmiendo entonces, ¿Esto es un sueño?

¡Don Rafael, claro!

1. TamborEl tambor que escuchaba mientras dormía es de Mashi Rafael que está haciendo sonar su tambor recordándonos que en medio de la selva amazónica, las comunidades se despiertan a las 4 de la madrugada para tomar la Guayusa y conversar. Si tienes un asunto que tratar con la comunidad, la hora de compartirlo es a las 4 de la madrugada. Es su hora del té.

Don Rafael nos ha acogido en su comunidad y tras una apacible tarde conversando con él nos ha invitado a pasar la noche en su humilde comunidad y disfrutar de una agradable conversación con él mientras tomamos la Guayusa, el té de la Amazonía.

Él es el padre de toda la comunidad Amazanga, cerca del Puyo, en la Provincia de Pastaza, Ecuador. Sus ancestros pertenecen a la etnia Shuar (malnombrados jíbaros por los conquistadores españoles en tono peyorativo) y su mujer es de origen Kichwa amazónica. Ellos dos, junto a sus 15 hijos y sus más de 30 nietos conforman la totalidad de la comunidad Amazanga.

Don Rafael, o Chunda Rumi como le conocen sus ancestros, conversa con nosotros a la luz del fuego, cobijado por el dulce cantar de la selva en la madrugada y ataviado con una corona de plumas de ave que le da un aire místico a su curiosa mirada. Su complexión es pequeña y su esqueleto se deja entrever bajo el color canela de su piel curtida.

Mientras reparte unos cuencos de madera que recogen el preciado líquido que nos dará la energía suficiente para poder visitar la madre selva en la mañana, nos deleita compartiendo su sabiduría ancestral con nosotros.

Chunda Rumi tiene sobre sus espaldas la responsabilidad de mantener y transmitir a sus hijos la sabiduría que sus ancestros han sabido trasladar a través de decenas de generaciones y que ahora se ve amenazado por la 2. rafaeltransformación de su entorno social y cultural y la absurda presión que la humanidad está ejerciendo sobre la selva. Una responsabilidad que ejerce con inalienable orgullo y con una tremenda solidaridad hacia la humanidad, puesto que lo que está haciendo, es proteger un patrimonio que pertenece a toda la humanidad.

Su mayor anhelo es transferirnos su amor por la selva, y nos pide, como quién pide a un amigo que no le olvide al despedirse, que transmitamos este amor a nuestros amigos y conocidos.

Mientras haya una sola conciencia sobre el planeta que ame este pedazo de tierra, la esperanza no estará perdida.

Y prosigue con su lección.

La selva es una farmacia. La selva es una iglesia. La selva es una escuela, es una universidad. La selva es un supermercado. La selva es el pulmón del planeta… Cuanta razón tiene.

Algunas plantas poderosas son su teléfono. Un teléfono que le permite hablar con la selva, con sus espíritus. Una herramienta que le permite comunicarse con sus ancestros, con los animales y las plantas para aprender de ellos y adquirir nuevos conocimientos. Un arma que le permite hablar con la anaconda o los monos, conocer su paradero y pedirles permiso para matarlos y dar de comer a su familia.

En medio de una pausa para rellenar nuestras tazas y saborear de nuevo la rica Guayusa, comienza a narrar una leyenda que nos sumerge en el misticismo de una selva que,  auspiciando la escena, cómplice de sus intenciones, nos embarga con su hipnotizador canto nocturno.

Dos horas han pasado como si de un suspiro se tratara, y la claridad del alba nos sorprende entre las lanzas enlazadas que hacen de pared y nos recuerdan su pasado combativo y el techo de paja que ahumado por el fuego nos custodia del frío exterior.

Tras un suculento desayuno Don Rafael, junto a Eduardo, uno de sus hijos, nos guían en la segunda parte de nuestra aventura. Hasta ahora, todo han sido lecciones. Llegó el momento de la práctica.

Durante casi tres horas recorremos senderos, caminos y otros que no son tanto, que nos introducen a lo que sin duda es un vergel de naturaleza sublime. Y no estamos en la profundidad de la selva. El bosque es secundario y ya ha sido explotado por el hombre. Estamos a las puertas de la selva.

Si esta belleza es tan sublime, no quiero ni imaginarme cómo será la selva virgen. Sin haber conocido el impacto de la mano humana.

Don Rafael mostrando sus plantas mágicasDon Rafael no deja de mostrarnos y darnos a probar cada una de las plantas que encuentra en el camino. Conoce más de 1500 plantas con sus respectivas propiedades medicinales. Lo pudimos descubrir con nuestros propios ojos, dedos y boca: hojas, cortezas, salvia, raíces, hongos, enredaderas, frutos… cientos de plantas con cientos de propiedades para curar, aliviar, proteger, soñar, viajar, telefonear y matar.

Me abruma con tanto conocimiento. Se auto-concede el título de licenciado en biología. ¡Pues claro!

No es de extrañar que las multinacionales farmacéuticas, ávidas de nuevas propiedades curativas que engrosen sus bolsillos, estén metiendo sus zarpas en la selva y patentando, es decir robando, los conocimientos y usos ancestrales que sobre las plantas tienen las comunidades indígenas. Tampoco es de extrañar que Don Rafael sea pues, tan celoso de su conocimiento y tan sólo nos informe de algunas propiedades sin profundizar en procedimientos de elaboración o combinaciones de plantas para ciertas propiedades.

Sentencia que en 2050 el pueblo indígena del Amazonas y todo el conocimiento que durante miles de años se ha transmitido de generación en generación, habrá desaparecido.

Y como dijo el poeta, el verso cae al alma, como al pasto el rocío.

Sus hijos marchan a la ciudad para estudiar, se casan y se olvidan de su conocimiento ancestral. La selva desaparece a pasos agigantados y el desarrollo social y económico que experimenta el país poco tiene en cuenta los saberes ancestrales de estas gentes.

¿Que futuro les espera entonces? En nuestras manos está.

Para más info visita www.amazanga.ec

2 Comments on “Tun-tún, tun-tún, tun-tún…

  1. Creo que todo aquél que me conoce me ha oído contar alguna de las anécdotas de mi visita a Amazanga en el 2009. Esta comunidad te deja un tatuaje difícil de borrar…
    Conservo esos días con mucho cariño y respeto: cariño hacia mi torpeza por querer aprender deprisa y respeto hacia lo que aprendí escuchando (sin prisas, claro) a Don Rafael, Paco, Sitchak y todos los demás.
    Volvería a ir mañana mismo, sin duda.

  2. Pasar tres días con Don Rafael en mayo de 2012 en compañía de un grupo de buenos amigos escuchando las historias de la selva, hacer la ceremonia con ayahuasca en la intimidad de su casa, compartir el desayuno y la guayusa con su familia y poder ver el volcán Sangay fue una experiencia increíble. Muy recomendable.

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